Hay un país…

     Hay un país que en las mañanas de primavera levanta la niebla de sus valles recién enverdecidos, por los que pasan ríos verdes, ríos esmeralda, ríos que bajan sus cuencas con la fuerza de un nuevo comienzo. Sus verdes praderas, envueltas en rocío, se visten de las más lindas flores. Mientras los picos de sus montañas siguen cubiertos por la nieve, su costa ya extiende un cálido abrazo. Los pájaros regresan de las tierras lejanas para anidar en su hogar, para regalar al planeta nuevas vidas que llegarán con las caricias del sol cada día más caliente. En sus bosques antiguos, los osos salen de sus guaridas y algunos oseznos pueden observar la luz del día por primera vez. Los caballos blancos vuelven a correr por la alfombra verde.

    Hay un país que en los atardeceres de verano pinta sus cielos en los más cálidos colores y otorga la batuta a los grillos en el campo y a las cigarras en la costa. Las luciérnagas salen a bailar entre las flores, los murciélagos emprenden su vuelo nocturno, mientras en lo alto de los árboles, los búhos empiezan ulular. La tierra muestra toda su generosidad, llenado los árboles frutales de fruta y los huertos de verdura. De repente, un trueno anuncia la llegada de la tormenta, el viento se hace cada vez más fuerte y trae lluvia, esas gotas que visten y revisten los paisajes de miles de tonos diferentes del verde. Es un momento, y después, el cielo se vuelve a despejar, dejando el protagonismo a las estrellas que se ven brillar una al lado de otra. De noche aún, los barcos pesqueros zarpan de los puertos para navegar por las aguas tranquilas y cálidas.

    Hay un país que saluda la llegada del otoño con los cantos alegres en los viñedos, que anuncian el comienzo de la vendimia. Todo el verano, el sol acariciaba las laderas llenas de vid y llenaba de dulzura las uvas que pronto cambiarán de forma en los barriles de las bodegas. Las últimas cosechas poco a poco dejan los campos vacíos e invitan la tierra al descanso. Los bosques no podrían ser más hermosos, vistiéndose de nuevos colores a diario, reflejando su brillo dorado en las aguas transparentes de los lagos. Algunos animales emprenderán un largo viaje hacia el sur, otros buscarán descanso en las madrigueras. Y aun con cielos cubiertos y con lluvia, los paisajes siguen mostrando una belleza extraordinaria, a veces salvaje, como la corriente del río que por aquí y por allá arranca troncos y ramas, a veces apacible, como el susurro de las últimas hojas que están a punto de caerse.

     Hay un país que en invierno viste de blanco, primero sus picos más altos, luego otros más bajos, hasta que se cubran de nieve todos los valles. Los copos de nieve parecen dibujar una elegante danza mientras van tejiendo la manta que cubrirá la tierra, recién echada al descanso. El silencio del paisaje blanco es diferente, se asemeja a aquel que reina en las profundidades subterráneas, que ahora parecen ser un cobijo ideal para huir del frío. Debajo de aquellos campos cubiertos de nieve se esconde otro mundo, húmedo, oscuro y silencioso, que esconde algunas de las más fascinantes obras de arte que esculpió la Naturaleza. En la superficie, los lagos quizás queden cubiertos de hielo y las cascadas formen columnas heladas. La paz evade todos los rincones e invita al descanso.

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