Alejados de la Naturaleza

Somos parte de la Naturaleza. Sin embargo, parece que cada día vivimos más alejados de ella. Con el desarrollo de la ciencia y tecnología, supermercados, centros comerciales, crecimiento de las ciudades, parece que el término “naturaleza” se quedó reservado para alguna escapada de fin de semana o un paseo por el parque. Y así, alejados de nuestro entorno natural y de otras especies con las que compartimos este planeta, nos tomamos el derecho de gobernarlo todo, controlarlo todo y aprovecharnos de todo. Nuestros hijos viven cada vez más alejados de la esencia y cada vez más integrados a la realidad virtual. Pero no olvidemos las consecuencias que puede tener este distanciamiento, esta sensación de superioridad hacia nuestra creadora, el romper ese frágil cordón umbilical que nos une a nuestro origen.

Empecemos al principio, con el comienzo de una nueva vida. La ciencia ha hecho muchos avances en los temas reproductivos y así se pudieron convertir en padres muchas personas que sin su ayuda no podrían lograrlo. Sin duda, son incontables también las mejoras en cuanto al seguimiento del embarazo, los controles y hasta en el parto mismo. Pero precisamente relacionado a este, en las últimas décadas también se empezaron hacer intervenciones que podemos cuestionar si realmente son mejoras o no. Desgraciadamente, la mayoría de las embarazadas tiene miedo al parto, miedo al dolor. Y es que en muchos casos, si no en la mayoría, los partos se llevan al cabo con muy poco respeto hacia la parturienta y sin considerarlo como un proceso natural. Las intervenciones en muchos casos no necesarias, hacen de un proceso natural, fisiológico e íntimo, un drama al que asisten todo tipo de espectadores. En vez del movimiento, que es propio en el proceso, se fomenta el estar quieta. En lugar de preparativos psicológicos para enfrentar el momento del parto, se fomenta el uso de anestésicos y analgésicos. En vez de servirse de la ayuda de la gravedad, que facilita la expulsión, se practica litotomía, una posición muy cómoda para el personal médico y muy incómoda para la parturienta. Si es que el parto no acaba con cesárea (que a veces se utiliza sin ser realmente necesaria). Y el listado puede seguir. Se nos ha olvidado que siempre que las circunstancias lo permitan, el parto debería ser un acto natural, asistido y con todas las herramientas a disposición, pero dejar que la naturaleza haga lo suyo. Se están haciendo pequeños pasos para mejorar la situación, pero el camino es todavía muy largo y la mayoría de los partos son altamente intervenidos e instrumentalizados.

Una vez que nace el niño, en la mayoría de los casos en la típica sociedad occidental, la crianza recae sobre los padres. Es irónico ver como el ser humano, que al principio vivió en comunidades precisamente para estar más seguro, tener el apoyo familiar o vecinal en los momentos más críticos, como la llegada de una nueva vida, ahora deja a la madre y al recién nacido bien aislados en su nidito, en muchos casos lejos de los abuelos, tíos, de su apoyo y experiencia. Los padres se quedan solos, pero a su vez, tienen que analizar miles de informaciones y consejos diferentes sobre la crianza, algo que dificulta más aún la situación ya complicada. Que si lactancia materna o no, que cada cuanto dar de comer, que si el bebé debe dormir lejos de los padres… Si en algún momento volviéramos a recordar que somos parte de la naturaleza, muchas de las preguntas enseguida tendrían su respuesta. Si miráramos, por ejemplo, otros mamíferos como nosotros, nos daríamos cuenta enseguida que lo que toman es la leche materna (es lo que tenemos en común), que siempre están al lado de la madre, duermen pegados a ella y comen cuando quieran. Entonces, ¿por qué el ser humano sería diferente? Si la lactancia materna no es posible, está claro que hay cosas que cambian, pero aun así, ¿qué otro mamífero duerme alejado de su cría y mira el reloj para darle de comer? ¿Y que los demás lo juzguen por hacerlo donde y cuando el bebé (o la cría) lo necesite? Cierto es que no se puede generalizar y que hay que ser prudentes, pero es innegable el hecho de que en la crianza nos hemos alejado mucho de lo natural para nuestra especie.

Cuando los niños van creciendo, en esta época de globalización, ¿cuánto saben de la naturaleza y de cómo funciona? Es ya prácticamente imposible que se piense en el ser humano como parte de la naturaleza y no como alguien superior a ella. Todas las personas que viven alejadas del entorno natural, cuánta naturaleza viven en el día a día? Incluso los que viven más cerca, ¿cuántos saben en qué árboles crece qué fruta, porque la hayan visto? ¿Quién sabe cuál es la cosecha de la temporada, pero no por haberlo leído, sino por haberlo vivido? Circulaba un tiempo atrás la anécdota sobre niños que pensaban que la leche venía del supermercado, tal cual. Si en ella se puede encontrar una triste gracia, resulta más preocupante pensar, ¿de dónde creen lo adultos que viene la leche o la carne que se consume a diario? ¿Si fuera como hace, quizás no más que cincuenta años, que la carne que se consumía era de los animales que la misma familia criaba y mataba, se seguiría consumiendo tanta?¿Cuánto contacto con la naturaleza realmente tenemos, ni siquiera a diario, sino en general? En mis tiempos y más aún, en los tiempos de mis padres, se iba al colegio caminando, acompañados a veces de amigos, hermanos, y otras veces solos. Mi camino al colegio era un sendero estrechito que pasaba por los bordes del bosque. Alguna vez me encontré con algún erizo, otra con ciervos, hasta con zorros… Veía como el bosque y el prado cambiaban con las estaciones, cuando había mucha nieve, mi padre iba delante de mi para abrirme el camino. ¿Y hoy? ¿Quién va caminando o en bici al colegio hoy? ¿Quién tiene el privilegio de poder observar la naturaleza en el camino? Tanto queremos darles a nuestros hijos y de tanto los privamos. Los niños tienen sus habitaciones llenas de juguetes, cuando muchas veces con lo que más se entretienen es con las hojas de los árboles, unas piedras, ramas o simplemente observando las hormigas, pájaros, tocando tierra, escuchando los sonidos del viento, del agua… La posibilidad de un aprendizaje por deducción en contacto con la naturaleza debería ser ofrecida a todo niño, porque al final, es la mejor forma de aprender sobre nuestro entorno, al igual que aprendían nuestros antepasados hace miles de años.

Cierto es que cada vez más gente vive en las ciudades en las que no queda mucho espacio para la naturaleza. Algunos dirían que mejor, que así no se va tomando más suelo para edificarlo. Pero por otro lado, las ciudades también nos alejan más del contacto que podamos tener con la naturaleza a diario, quitando las personas, perros, gatos, algunos árboles de las avenidas y los parques y algún que otro arbusto. También es verdad que hay ciudades muy diferentes, algunas son más verdes que otras, algunas realmente comprenden auténticos bosques, ríos y campos, como por ejemplo Liubliana. Allí, incluso viviendo en la ciudad, no es difícil encontrar el contacto con la naturaleza a diario. En otras, hay parques con su propia flora y fauna. Y en otras hay parques con flora pero con muy poca fauna. Algunas tienen ríos, otras no, algunas tienen huertos, otras no. La autosuficiencia alimentaria, aunque sea muy mínima, en una ciudad es muy reducida o casi imposible. A la falta de espacio para el cultivo de los alimentos se le une la falta de tiempo para realizar esta actividad, en gran parte debido a las jornadas laborales poco amigables con el tiempo libre.

Muchos trabajos actuales, tampoco favorecen nuestro comportamiento natural y el contacto con la naturaleza. El ser humano, en sus orígenes, era recolector y cazador, lo cual significa que se pasaba la gran parte del día en movimiento. Una actividad más intensa la haría seguramente frente a algún peligro, o sea cuando estaba obligado a correr. Ahora, en muchas ocasiones es lo contrario. Exceptuando profesiones de trabajo físico, muchos trabajadores trabajan sentados, las ocho o más horas al día. Me atrevo decir que en la mayoría de los casos van al trabajo en coche o en algún transporte público donde van sentados. A las oficinas y las casas accedemos en ascensor. ¿Cuántas horas al día entonces nos pasamos en movimiento? ¿O mejor dicho, cuántos minutos?  La inactividad a lo largo del día o la semana la intentamos compensar con actividad física, a veces hasta demasiado exigente, por las tardes o noches y los fines de semana, si hay tiempo, por supuesto. Las actividades físicas como trabajar en el huerto o incluso limpiar la casa ya son casa vez menos presentes. Es bastante obvio que se trata de un comportamiento muy antinatural para nuestra especie, y sin embargo lo hemos aceptado y ni nos ponemos cuestionarlo. Nos parece normal estar sentados entre unas 10 horas y 14 horas al día (me levanto, desayuno sentado, voy al trabajo sentado, trabajo sentado, vuelvo a casa sentado, ceno sentado, paso las últimas hora en casa sentado frente a la televisión o el ordenador) y el resto estar tumbados, durmiendo. En otro extremo están los trabajos donde se está todo el día de pie, pero sin moverse. Otro comportamiento extraño para nuestros cuerpos. Los trabajos además están ocupando cada vez más tiempo y junto con los distractores de tiempos modernos (televisores, ordenadores, teléfonos) reducen considerablemente el tiempo que de otra manera podríamos pasar en la naturaleza, sea en el jardín, huerta, parque o bosque, seguramente en movimiento.

Los aparatos y la tecnología en principio se han hecho para ahorrarnos ciertas tareas y que ganáramos más tiempo libre, pero ¿cómo es posible que precisamente con todos estos avances tenemos menos tiempo libre? ¿O será que no es que lo tengamos menos, simplemente lo empleamos diferentes, lejos de las actividades relacionadas con la naturaleza? Desde luego, muchas cosas han cambiado en las últimas décadas, pero nosotros seguimos siendo la misma especie y aunque nos empeñamos en todos los aspectos sustituir la naturaleza, hemos de reconocer que somos parte de ella y que más que nos alejamos, más falta nos hará, o más consecuencias pagaremos. El progreso sin duda habrá traído mejoras, pero también nos ha alejado de nuestra esencia, de nuestro entorno natural y nos ha hecho considerar la naturaleza más bien como una atracción o un lujo y en muchas ocasiones, hasta nos ha alejado de poder sentir el daño que estamos haciendo a lo que era y sigue siendo nuestro regazo natural.

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