
Querida hermana:
Te escribo esta carta en una semana en la que, como tantas otras, todas las noticias son oscuras, en la que el mundo se envuelve en humo gris de cenizas y de falta de empatía, el humo que hecha sombra negra sobre la humanidad y nos hace cuestionar el futuro que nos espera. ¿Qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos? Estas noticias me han paralizado, hermana, y desde la impotencia enorme que siento al respecto, comparto contigo mi tristeza.
Arde la selva, hermana, arde el pulmón del planeta y deja en cenizas plantas milenarias, animales a borde de extinción y amenaza pueblos indígenas que aún resisten en entregarse al mercado. Arde Amazonia y el humo negro hace desaparecer el día, solo queda una noche inmensa y oscura. Pero también arden la selva en Indonesia, Malasia, los bosques de Europa, los incendios devoran con sus llamas todo tipo de vida que se encuentran por el camino, tragan hojas, que ya nunca más podrán librar el oxígeno, dejan sin casa o mismamente matan a miles de animales y quizás el día de mañana, ya no queda ninguno de su especie. Y centenares de personas tienen que dejar sus casas. ¿Cómo puede ser, hermana, que dejamos que pase esto? ¿Cómo puede ser que en nombre del progreso en algunos casos y en otros por pura maldad o negligencia dejamos que se pierda en llamas nuestro futuro, nuestro aire, nuestros compañeros de viaje? ¿Cuán profunda es la sed del poder y de la riqueza de los mercaderes de nuestro futuro? ¿Cómo puede ser que los que les entregamos las llaves del poder sean los cómplices de estas barbaries, provocándolas o no haciendo nada para prevenirlas o pararlas? ¿Hasta dónde llegaremos con tanta codicia? La codicia, que nos ha hecho cambiar el clima de nuestro planeta, el clima que en algunas partes se hecho insoportable y ha empujado a tantas personas a dejar sus casas y marcharse en busca de mejores condiciones para una vida digna…
Y, sabes, hermana, estas personas y otras muchas que huyen de las condiciones que hicieron sus vidas imposibles, buscan una oportunidad en otras tierras, al otro lado del nuestro precioso y cruel Mar Mediterráneo. Las olas cálidas que en los meses de verano acarician a unos se convierten en el lugar más inhóspito para otros, tragándose sus sueños, tragándose sus vidas. Vidas que para algunos o muchos que viven en este próspero continente, parecen valer menos que otras. Y tanto. Tanto que prefieren que se apaguen para siempre bajo las aguas profundas que salvarlas y darles una oportunidad, después de todo lo sufrido. Aquí, dicen los populistas en busca de la fama y del poder, aquí cerramos puertas a los que quieren venir, no nos importan sus condiciones, no nos importan los motivos por los que emprendieron ese peligroso viaje, no nos importa que quizás vengan porque por nuestra culpa hayan tenido que huir de su patria. Quizás para que las empresas de mi país puedan explotar los recursos del suyo, para que tú y yo podamos tener un móvil gratis cada año, quizás porque su país vive gobernado por un dictador que ejecuta toda serie de atrocidades y nuestros gobiernos lo permiten porque les deja las puertas abiertas a sus recursos naturales. O porque simplemente ese país no tenga recursos que explotar, o hasta le falta agua y alimento, por los que la gente empieza a luchar. O quizás porque allí hay una guerra, provocada probablemente por la lucha de intereses, porque lo han perdido todo y solo les queda su vida, o porque tienen hijos que quieren ver crecer y ofrecerles un lugar seguro en el que puedan jugar y no correr para escapar de los ataques aéreos, bombas o fusiles. Aquí cerramos los ojos y cerramos las puertas, dicen tan tranquilos. Y si hay alguien que quiere ayudar y dejarles entrar, lo mejor sería castigarlo. Nosotros el dinero lo preferimos meter en construir muros y murallas, como en la época medieval. Y si hace falta, volveremos a perseguir y a quemar las brujas y los brujos que sienten empatía con esta gente. ¿Cómo puede haber, hermana, tanta indiferencia en la gente y tanta falta de empatía? ¿No te preguntas acaso, cómo criará esta gente a sus hijos, será realmente capaz de sentir el amor si por otro lado está llena de desprecio y de indiferencia? ¿Por quién, si por alguien, sentirán empatía? Ellos quieren sembrar miedo con los desconocidos, pero los que realmente dan miedo son ellos, precisamente porque los conocemos. Porque quien fomenta la intolerancia, actúa con indiferencia y con afán del poder y a la vez no es capaz de sentir empatía, es el que mañana puede desatar una guerra en la que, hermana, tú y yo también seremos víctimas o tendremos que huir para salvar nuestras vidas y las vidas de nuestros prójimos.
Arden las selvas y los bosques, hermana, y arden nuestros corazones. Con cada incendio, con cada barco que se le niega entrar a un puerto seguro, muere un poco más la esperanza de un mundo mejor, un mundo solidario con el que muchos soñamos, un mundo en el que cuidamos y compartimos los recursos para el bien de todos. A veces preferiría no leer las noticias y no escribirte cartas como esta. Pero la realidad es esta, injusta, pero cierta y la tristeza es grande, así como la preocupación por hacia dónde nos dirigimos como humanidad.