Empatía I

Hace tiempo, por casualidad, me encontré en un encierro de toros de un pueblo de España. Desde una azotea, un grupo de personas estuvimos mirando por dónde vendrían la gente y los animales: la gente que corre delante de los toros, los toros y los caballos con caballistas. Finalmente se acercaron, la gente corriendo muy por delante de los toros, y de repente vimos el primer animal, que en menos que nada se salió del camino y vino corriendo por el campo hacia nosotros.

Desde siempre me han gustado los animales y por lo mismo nunca me han gustado ningún tipo de “espectáculos” con ellos. Cuando me subí a aquella azotea, lo hice con un sensación de culpa, por ser espectadora, ya que soy consciente que todas estos espectáculos sobreviven precisamente gracias a los espectadores, estén allí por el motivo que sea. Pues bien, pensé, estos pasarán rápido por aquí, los vemos, se van y la vida sigue. Nuestra vida. Porque la de los animales involucrados, ya nunca más va a ser la misma. Y sin pensarlo, la mía tampoco. Porque antes es cierto que sentía rechazo hacia estos espectáculos sobre todo, porque no me parecía una actitud ética y por supuesto, por causar el malestar de los animales. Pero desde aquel momento, momento en el que el toro se acercó a la pared del edificio en el que estábamos, y lo pude ver muy de cerca, lo que despertó en mí era pura empatía. Después de haber corrido una distancia bastante considerable bajo un sol radiante, perseguido por personas montadas en caballos que le gritaban, el pobre animal buscaba un lugar tranquilo y al poder ser algo de agua, se le veía con mucha sed. Lo vi del lado, mirando a toda la multitud que lo rodeaba y en ese instante, mi ser se identificó con el suyo.

Estaba yo en aquel pasto, agotada, y no entendía nada lo que querían de mi aquellos seres, gritándome, rodeándome y no dejándome buscar un camino tranquilo para volver a mi paz y beber un poco de agua para reponerme las fuerzas. Venía hacia mi un caballo con una persona encima, gritándome y provocándome, me lancé hacia él en mi propia defensa, pero no lo pillé. El estrés de la situación se apoderaba de cada célula de mi cuerpo. Mis fuerzas se iban agotando y sentí que ya no era aquel animal fuerte y majestuoso que siempre impone. Era un preso, un monigote de esta gente que se ríe de mí, pero a su vez me tiene miedo. Estaba yo allí, moviéndome de un lado al otro, sin poder escaparme y con una sed tremenda. Babeaba, y mucho. Y entre tantos seres, ninguno que me ayudara, ninguno que me diera un poco de agua. Parecía que todos estaban felices con condenarme a la fatiga, sed y el jugar un papel que yo no elegí. Aunque mucha gente piensa que yo vine al mundo para esto, no es cierto. Porque demasiado perfecta es la naturaleza como para crear seres para que se los use para diversión, para que sufran porque a alguien le apetezca, para que jueguen con vida de uno y la acaben, si así les da la gana. Yo nací para llevar un vida tranquila en los pastos y para procrear, igual que todos los seres vivos. Yo nací para hacer más rico este mundo, porque mi vida es una luz en el mosaico del planeta. Y quizás no haya un fin mayor que ese, o quizás sí, aunque realmente poco importa. Lo que sí importa es por lo que no nací. Y ahora aquí, bajo este sol que me quema en medio de los pastos marrones de Castilla a finales de verano, aquí he de justificar mi esencia, cuando se me vulneran mis necesidades básicas.

Ya no podía más observar aquella escena, quisiera alcanzarle el agua al pobre animal, pero era prácticamente imposible. Me bajé de la azotea entre lágrimas, lágrimas de impotencia, de soledad, de decepción. Decepción ante un ser humano que tantas veces le falta empatía y compasión por un ser hermano, y tantas más por un animal. Un ser humano que encuentra su disfrute en el sufrimiento del otro. Llámenlo tradición, adelante. Llámenlo arte, está bien. Se puede llamar de mil maneras, sí, pero nunca deja de ser una auténtica barbarie.


			

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