Votos impotentes

     Antes de las elecciones generales, siempre sigo la campaña electoral, tanto para aquellas elecciones en Eslovenia, en las que puedo votar, como para las de España, donde no puedo votar, pero donde vivo y pago mis impuestos. Mi voto en Eslovenia decide sobre cómo va a ser el país y cómo se va a gestionar el dinero que pagan los contribuyentes allí, solo por tener la nacionalidad, sin embargo, en España, son los demás los que deciden cómo se va a gestionar el dinero que se ingresa en los presupuestos estatales también desde mi bolsillo y cómo van a ser mis condiciones de vida aquí y las de mi familia esloveno-española. Un poco extraño todo esto. A mí por lo menos me da una tremenda sensación de impotencia.

     Según INE, en 2018 España tuvo en total 46.733.038 de habitantes, de los que 4.663.726 fueron extranjeros, casi un 10 %. Un 10 % de población que no tiene derecho a voto y con eso pierde el derecho de decidir quién le va a gobernar, cómo se van a gestionar los presupuestos y qué decisiones se van a tomar por ellos, pero no en su nombre. Un 10 % de población silenciosa que ningún partido político no tendrá en cuenta, porque no tiene voto. Un 10 % de población que ha de escuchar “los españoles primero” y otras perlas parecidas como si sus impuestos valieran menos que los de los nacionales. Y no es cuestión de España, en otros países pasa lo mismo.

     En Eslovenia siempre participo en las elecciones, sea las gubernamentales, sea las presidenciales. Elijo al candidato o al partido que pienso que mejor gobernaría mi país, con la mejor intención, aunque yo ya no viva allí. Lo elijo pensando como si se iba a convertir en mi presidente, mi gobierno. Pero realmente no tiene casi ninguna decisión sobre mi vida, sobre mi futuro. Muy pocas son las leyes que me puedan afectar a mí personalmente cuando vivo en el extranjero. Para lo bueno o para lo malo, siendo residente en otro país, las leyes y las decisiones que me afectan son las de ese país. Eso sí, no tengo ninguna decisión sobre ellas.

     Antes de las elecciones generales, siempre sigo la campaña electoral. En teoría, en las elecciones votamos a nuestros representantes. Pero a mí, ¿quién me representa? ¿Quién y dónde va a darme la voz a mí? ¿Un diputado en Eslovenia que ha recibido mi voto, pero no mis impuestos, que va a tomar decisiones sobre las políticas sociales, económicas, educativas, ambientales y otras a las que de momento no tengo derecho? ¿O un diputado español que no ha recibido mi voto, pero sí mis impuestos con los que podrá planificar todas las políticas? Siento que realmente no tengo representación. Y aun así, sigo los resultados con mucha atención, a ver qué van a decidir los demás por mí y que he podido decidir yo por los demás. Esperando siempre que el futuro presidente lo sea para todos. Y el nuevo despertar de los nacionalismos, de la xenofobia me da escalofríos, sobre todo pensando que por lo menos donde vivo, soy totalmente impotente contra ello y dependo de que los demás habitantes decidan, pensando obviamente en ellos y en su entorno cercano y no en el país en general, incluyendo el 10 % de los extranjeros viviendo aquí. Y en este sinsentido seguirá girando el mundo, levantando unas banderas y otras, cambiando un gobierno por el otro, mientras nosotros permaneceremos espectadores y los votantes de votos impotentes.

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