
Se dice que en un día como hoy, hace algo más de 2000 años, tres Reyes Magos de Oriente fueron a visitar al bebé Jesús que había nacido en Belén. Después, María y José huyeron de su tierra, perseguidos por la amenaza del rey Herodes que, asustado de que quizás haya nacido el “usurpador”, mandaría a matar todos los niños menores de dos años. Así, una de las familias más famosas y veneradas del planeta, se convertiría en refugiados. Una familia, que lo dejaría todo para salvar la vida de su hijo. Una familia a la que cada año, millones de personas rinden homenaje cuando se acercan las fechas en las que se celebra el nacimiento del pequeño.
Hoy en día, hay miles de familias como la de María y José. Hay miles de padres que se ven obligados de dejar sus casas y huir para salvar a sus hijos de las bombas, fusiles, hambrunas, secuestros… Hay miles de niños que nacen en los campamentos de los refugiados o, peor, de camino, en cualquier sitio, en el frío, en un barco, sin asistencia médica. Hay miles de padres como tú y yo, que lo que quieren es que sus hijos vivan en paz, con salud, que reciban educación, pero que por desdicha les tocó vivir en otras circunstancias que a ti y a mí. Hay padres que no les preocupa qué les van a regalar a sus hijos en fechas festivas, sino que les preocupa sobrevivir otro día más para poder proteger a sus hijos y ofrecerles un futuro seguro y digno. Hay miles de niños que son como mi hijo, o el tuyo, en cuyos ojos brillan la esperanza y la inocencia. Niños, cuyas casas fueron bombardeadas, cuyos familiares fueron matados y cuya única cuna y hogar son los regazos de sus padres. Hay miles de niños que necesitan comida, medicinas y ropa para protegerse del frío y los hay muchos, cuya luz se apaga porque no lo reciben, o porque el barco, en el que iban buscando un futuro más seguro, haya naufragado. Algunos de esos cuerpecitos, las olas las arrastran a nuestras costas. ¿No ves, que esas manitas son como manitas de cualquier niño que hayas acariciado? ¿No ves que su carita linda invitaba a ser besada, acariciada, que sus brazos se extendían a recibir abrazos? Quizás no tengas hijos y no sabes como se siente pensar, pensar por un solo momento que ese niñito podría ser tu hijo… No sabes lo triste que se siente ver tanta gente que le da igual un niño muerto, una familia desaparecida.
Me entristece, me entristece mucho, mucho, que haya gente que rinde homenajes a una familia refugiada de hace mil años, pero cierra las puertas de su país a las familias refugiadas de hoy. Me entristece ver tanta apatía en los que por otro lado se quieren mostrar como defensores de la familia, de la vida humana incluso antes de nacer. Me desilusiona saber que cada vez hay más gente que se siente superior a otra, cuyos hijos creen que valen más que los otros y que son ellos, los que aborrecen Herodes, los que se han convertido en él. Y me da miedo pensar, que esa misma gente será responsable de que algún día, nosotros también, tú y yo, sí, nosotros, seremos los que cogeremos una mochila, una mantita, agarraremos nuestros hijos e iremos huyendo, buscando un futuro más seguro y más pacífico. Porque la historia nos enseña que lo único que puede nacer de tanta hipocresía es que al final todos seremos perseguidos por algo, todos nos veremos necesitados de tocar algunas puertas que quizás se nos cierren en nuestra propia cara. Porque tú, ¿tú acaso sabes como es huir a esconderte de un ataque aéreo? ¿Sabes tú cómo se siente coger el único par de cosas materiales que realmente necesitas, agarrar a tus seres queridos e huir, huir sin pensar dónde ni cómo, huir simplemente para sobrevivir? ¿Sabes tú, tú que nunca te ha faltado nada, cómo es estar sin comida, ropa y medicina? ¿Sabes cómo se siente subirte a un barco que no sabes si llegará algún día a algún puerto? Son vidas las que se apagan en nuestros mares, como la tuya o la mía. Son personas que aman y han sido amadas, que han estudiado, han trabajado, personas que saben de sacrificios las que huyen de violencia, de hambrunas, de conflictos.
En un día como hoy, muchos abrirán sus regalos y llenarán de cosas sus armarios, sus cajas de juguetes, o estarán expectantes de nuevas experiencias que se les hayan regalado. Otros tantos se alegrarán de que a pesar de tener los pies sangrados, de haber sido violados y maltratados, de haber perdido personas amadas, habrán llegado a un lugar donde están a salvo. Y otros tantos aún estarán de camino, sufriendo, pero cargados de esperanza, de esperanza que es lo único que les queda en su alforja. Esa esperanza de que algún día, ellos también podrán levantarse por la mañana sin miedo, sin frío, con salud y con algo para comer, abrazando a sus seres queridos y ver la ilusión en los ojos de sus hijos.